PINTAR EN OTRO PAÍS
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Antonio Saura decía que “lo mejor que a un pintor puede pasarle es gozar pintando”. Aunque hay quienes piensan, que cuentan, que para ellos pintar es un dolor profundo, me quedo con la primera opinión, puesto que es también válida para vivir la vida toda. Que se goce, digo yo, con esos goces profundos que no necesitan de la risa ni de la exultación superficial de los sentidos, un goce que vaya por dentro, que no se exteriorize, que tome forma sólo en los circuitos internos del ser.

Cuando se pinta en vez de vaciarnos hacia el exterior, que es como se concibe generalmente el arte, es el mundo el que entra en nosotros, sin bullicio, suavemente, circulando en un silencio, alterado sólo por las vibraciones de las formas, ese aleteo estructurado por el pensamiento que se construye de colores, de líneas.

No creo que esta condición que mueve al pintor pueda ser diferente a la que agita al poeta, al músico, sólo que es la que uno ha vivenciado y por lo tanto conoce más, de ahí que cuando esos goces disminuyen en intensidad, en vez de asustarse hay que recordar la ley del péndulo –como decía un político antiguo–, el que, después de tocar a un lado inevitablemente tendrá que tocar al otro, sólo que el péndulo del arte no es metálico, está hecho de carne, de sangre, de reacciones químicas, de masa cerebral, por eso es de nuestro mayor interés que no sea matemáticamente exacto, tan preciso, que ojalá se pegue más tiempo en el lado de las ganas, porque sin ganas, sin goce, nada funciona.

Cuando he pintado y dibujado en otros países –trabajos como los que se ven en este sitio de Internet–, el placer de hacerlo no ha sido mayor que el que siento al hacerlo en Chile, sólo cambian los motivos, posiblemente abres más los ojos ante lo desconocido, te molesta un poco el tráfago de turistas que no se detiene nunca y hasta, quizás, te envuelve una cierta tensión porque, claro, estás en casa ajena y los tiempos funcionan diferente. Aparte de eso, lo único válido es que estás haciendo lo que te gusta hacer.

Pasa también que andas, sin querer, comparando luces, espacios, atmósferas –como esa tan extraordinaria de Venecia, por ejemplo–, actitudes y movimientos de la gente. Buscas, para amarlos más o para desenmascararlos de una vez, y perderles el respeto sin remordimientos, aquellos íconos culturales personalizados que se te han metido hasta los huesos de tanto verlos en los libros –a una escala absurda–; Vermeer, Van Gogh, Monet, Turner, Miguel Ángel, y los sigues, vas hasta la tumba de Van Gogh para comprobar si hay alguna correspondencia con lo que imaginabas. Te haces la idea, al fin, y en vez de tranquilizarte vuelves con más ganas a tu propia labor porque, mientras más conoces de algo más profundo ambicionas llegar.

En el sosiego del regreso por primera vez puedes observar el fruto recogido, atesorado, reparas en la mochila que descansa y por cuya bocaza abierta asoman; la fiel acuarela, blocks, lápices y pinceles, y articulas entonces como un todo –en el que también están contenidos olores, sonidos y texturas–, este diario de viaje visual que condensa el tiempo en líneas y colores.

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ORLANDO MELLADO MUÑOZ


 

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© 2006 Orlando Mellado

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